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2007/11/30

> Berria: Argitalpenak > MARCOS ANA AFIRMA QUE LA CREACION POETICA NACE EN LAS SITUACIONES LIMITE

  • Marcos Ana · Poeta
  • "La creación poética nace en las situaciones límite"
  • El País, 2007-11-30 # Txema G. Crespo · Bilbao

Desde su pequeña, pero fibrosa figura, el poeta y activista político Marcos Ana (Alconada, Salamanca, 1920) conserva esa fuerza que le llevó a sobrevivir 23 años en las cárceles franquistas, donde se inició como escritor al tiempo que mantenía su militancia comunista. Acaba de presentar en Bilbao Decidme cómo es un arbol (Umbriel), autobiografía de quien se considera "hijo de la solidaridad".


La biografía de Marcos Ana, bautizado hace 87 años en Madrid como Fernando Macarro, es la de un resistente tenaz, un idealista convencido. No en vano, entiende que hay una "mística revolucionaria". Nació en una familia pobre de profundas creencias católicas. Su sensibilidad ante las condiciones de vida de las clases humildes le lleva a militar en las Juventudes Socialistas Unificadas. Poco después, comienza la guerra civil, en la que combate hasta que en 1939 es encarcelado. Condenado dos veces a muerte, sufre todo tipo de penalidades, aunque también conoce en presidio a Buero Vallejo o a Miguel Hernández. "La cárcel fue mi universidad", dice.


Aunque otros presos salían y volvían a ingresar, Marcos Ana, seudónimo que adoptó cuando empezó a escribir poesía, tomado de los nombres de sus padres, pasó 23 años seguidos encarcelado. "Se sobrellevan por la satisfacción de estar conforme con uno mismo, por el orgullo de haber llevado la vida que quieres vivir, la vida dura y noble de un revolucionario. La fuerza de las ideas me permitió sobrevivir y salir en un estado físico aceptable".


Reconoce que nació cuando salió en libertad, "a los 42". También recuerda que sus primeros tiempos en libertad fueron los peores. "Sufrí mucho cuando tuve que salir al campo, porque me era imposible mantener la vista en el horizonte, después de tantos años entre muros, sin olvidar los problemas que me supusieron las relaciones humanas". Relata cómo fue su primera relación con una mujer: "Me llevó un amigo a un cabaret y le pagó 1.000 pesetas a una chica para que estuviera conmigo. Al verme tartamudeando y temeroso, pensó que estaba borracho, pero yo le conté lo que me sucedía, que había pasado 23 años en la cárcel. Me dijo: 'Mira, yo voy a perder contigo varios miles de pesetas'. Paseamos, me llevó a cenar, fuimos a un hotel, y con su ternura consiguió que hiciese el amor por primera vez".


Ya en libertad, mantuvo una intensa vida política desde París, donde fundó el Centro de Información y Solidaridad con España (CISE). Aún mantiene su compromiso: "Siempre diferencio entre las ideas y los partidos. La bondad de las ideas está por encima de los hombres y sus equivocaciones, de los estados que las malversaron e impidieron que aquello fuera el principio de una redención para la Humanidad. Las ideas permanecen; por eso reivindico el comunismo".


Entiende que los fracasos y las frustraciones han sido muy fuertes, de ahí que parezca que la juventud está alejada del compromiso. "Yo creo que cada generación tiene la razón de su tiempo. Aunque ahora nos parezca que los jóvenes tienen la cabeza llena de aire, hay muchos que ya empiezan a descubrir la labor de mi generación, la de los vencidos en teoría", apostilla.


Junto a su actividad política, que le lleva de un lado a otro, sin que surja el desánimo en ningún momento, trabaja en la recopilación de su poesía. "Cuando recibí clandestinamente mi primer libro de poemas, me plantee que la poesía era un arma para luchar por la libertad. Aunque nunca publiqué, me editaron siempre. Tengo hasta una traducción en japonés de mis poemas", aclara


"La creación poética nace en las situaciones límite. En el desamor hay más fluido poético que en la felicidad amorosa", comenta. Así ocurrió cuando estuvo en prisión, pero también se comprueba en la actual vorágine de su actividad pública: "Mi vida sigue siendo un río incontrolable; viajo continuamente. Es más fácil encontrarme al volver la esquina de una estrella que en el barrio del Retiro donde vivo", concluye.

2007/09/30

> Artikulua: Marcos Ana > CUANDO EL PRIMER AMOR LLEGA A LOS 41 AÑOS

  • Cuando el primer amor llega a los 41 años
  • El poeta Marcos Ana relata su difícil adaptación a la vida en libertad tras pasar más de media vida en cárceles franquistas
  • El País, 2008-09-30 # Marcos Ana

Al recobrar la libertad, mi choque con la vida fue lo más tremendo. Muchas veces, hasta hoy mismo, la gente me pregunta qué fue lo más duro para mí: los veintitrés años de prisión, la condena a muerte, la tortura, la separación de la familia... Yo respondía y respondo siempre con lo más inesperado: "Lo más difícil fue la libertad".


Cuando salí tuve que iniciar un duro periodo de adaptación a la vida. Me sentía como parachutado en un planeta extraño. Devolvía los alimentos, me mareaba en los vehículos, mis ojos enrojecieron, quemados por la luz; me aturdían los espacios abiertos, acostumbrado a las dimensiones cortas y verticales. Nacía a la vida, una vida que tenía que ir descubriendo, casi a tientas, como un recién nacido.


En Alcalá de Henares había discurrido mi vida política durante la guerra y no era lo más prudente quedarme allí recién salido de la cárcel y expuesto a posibles provocaciones. Decidimos que era más seguro irme a Madrid, a la casa de mi hermano Fabri. Mi hermano estaba casado y con cuatro hijos, a los que tomé enseguida gran cariño. Tenía una gran ansia de familia, incluso me gustaba ir por las tardes a esperar y recoger a la niña más pequeña, Ana Mari, de cinco o seis años, a la puerta de su colegio.


La primera persona que vi, a excepción de mi familia, fue al poeta Félix Grande, muy amigo de José Luis Gallego, quien le advirtió de mi salida. Fue muy atento conmigo, me llevó a visitar el Museo del Prado y paseamos por Madrid como viejos amigos, aunque acabábamos de conocernos. Esos fluidos positivos que algunas veces unen a las personas. No le volví a ver hasta mi regreso del exilio. No por falta de deseo, sino porque, dada mi situación tan especial, esperando mi salida de España, no quería crearle ningún problema. Hemos comentado muchas veces ese encuentro.


Madrid, el Madrid de los sesenta, me causó un gran impacto. No era aquella ciudad bombardeada y oscura que había dejado veintitrés años antes. Lo que estaba ante mis ojos era una ciudad llena de luz y de vida. Naturalmente, mi conciencia política y mis informaciones sobre la situación me permitían comprender que lo que veía era sólo la piel reluciente de la ciudad y que debajo de ella hervían graves problemas humanos y sociales. Un día visité Vallecas, en cuyos arrabales, en esa época, había una concentración de emigrantes, trabajadores que venían huyendo de la pobreza y el hambre de todas partes de España y se hacinaban en centenares de chabolas miserables con improvisados techos de uralita. Era la otra cara del nuevo Madrid que estaba descubriendo. En todos los países que después visitaría en mi gira por el mundo, incluso en los más desarrollados, siempre descubría el rostro desesperado de la pobreza más extrema, bolsas inmensas de miseria, el contraste brutal entre una riqueza insultante y la depauperación y el hambre más indignantes.


(...) En medio de tanto asombro y deslumbramiento, las mujeres eran lo que más fascinación me producía, pero a la vez lo que más me intimidaba. Veía pasar una muchacha, me gustaba, y me iba tras ella como un niño tras una golosina, pero no me atrevía a dirigirle la palabra. Era un placer contemplarlas, oír sus voces, observar el ritmo excitante al andar de sus caderas. Las seguía de cerca hasta que desaparecían en un portal o por la boca de un metro. Mi timidez y mi inseguridad no me permitían pasar de ahí.


Me comportaba como un adolescente. Los tres años antes de ser encarcelado fueron años de guerra, y anormales, por tanto, para mí. El amor lo conocía de oídas solamente. Pasé de la adolescencia a la madurez, de los 16 a los 41 años de golpe, y en ese campo estaba lleno de inhibiciones y complejos.


Mi primer amor
Una tarde, casi al anochecer, me encontré con un amigo de la infancia, hombre de negocios que, sin participar de mis ideas, me visitó alguna vez en la cárcel de Porlier. Me invitó a dar una vuelta por Madrid y me llevó a conocer algunos cabarés que él seguramente frecuentaba. Yo aparentaba cierta indiferencia, pues salía un poco chapado a la antigua y me parecía que no era demasiado responsable visitar esos lugares. Pero miraba a hurtadillas y se me saltaban los ojos viendo a aquellas mujeres excitantes que deambulaban de un lado a otro provocativamente.


En un momento, mi amigo miró su reloj y me dijo: "Debo marcharme, tengo invitados en casa y se me está haciendo tarde. Dame tu teléfono y nos vemos otro día con más calma". Le di un número falso, pues dada mi situación, pendiente de mi salida clandestina de España, no era prudente establecer ninguna relación.


-Espérame un minuto -me dijo antes de marcharse.


Se perdió en el fondo del salón y volvió con una muchacha preciosa, a la que llamó Isabel. Sin presentármela siquiera, le dio un billete de quinientas pesetas y le dijo: "Toma, para que pases la noche con este amigo".


Era una muchacha delgada y morena, con ojos azules y tan excesivamente joven que en su rostro no había ni la más leve huella de su profesión. Me es muy difícil describir ahora cómo pasé aquel momento, pero lo cierto es que cuando me quedé a solas con aquella mujer hubiera deseado que me tragase la tierra. No sabía cómo comportarme. Ella me dijo con tono indiferente: "Bueno, vámonos". Y yo, confuso y con voz entrecortada, le pregunté: "¿Adónde?". "Pues... al hotel".


-Pero así, ¿sin apenas conocernos? Me gustaría pasear un poco, saber algo más de nosotros...


Era un lenguaje inusual para una prostituta y me miró sorprendida. Y al ver que yo no acertaba a hablar, que me temblaba el cigarrillo en la mano mientras fumaba nervioso, pensó que estaba borracho y me devolvió el dinero. Yo, en lugar de retirar el billete, tomé con mis dos manos la suya: "No, no, si yo quiero ir contigo, me gustas y lo deseo, pero es que para mí todo esto es muy difícil...".


Y balbuceando las palabras, tartamudeando, le conté que acababa de salir de la prisión, que era un preso político, que me habían tenido veintitrés años fuera de la vida, que nunca había estado con una mujer...


Entonces, aquella muchacha, un poco extrañada, dulcificó su rostro, sus ojos me miraron de pronto con afecto, o con piedad, no sé, y me dio una lección de humanidad, con una ternura y comprensión inesperadas.


-Bueno, mira, yo creí que estabas borracho. Ahora cambia todo, y voy a perder hoy contigo unos cuantos servicios esta noche.


Me invitó a cenar, creo que fue en la Torre de Madrid o en un edificio alto de la plaza de España, y viví, entre temblores, las escenas más hermosas e increíbles. Después de cenar seguimos un rato charlando hasta que ella me dijo: "¿Nos vamos ya al hotel?". El problema para mí seguía siendo el mismo; era como cruzar un río desconocido, sin saber nadar, lleno aún de inseguridades. Pero ella, riéndose, me decía: "No te hagas problemas, tú no tienes que preocuparte de nada, lo voy a hacer yo todo".


Y nos fuimos al hotel, donde ella vivía en una habitación alquilada. Todo resultó más fácil de lo que yo temía. El mérito fue de ella. Superé mis inhibiciones, y aquella muchacha, con la mayor sensibilidad y ternura, consiguió que, por primera vez, conociera el amor en una noche inesperada. Después, en vez de dar "la sesión" por terminada, me pidió que me quedase a dormir con ella. Lo dudé un poco: la preocupación de la familia si no volvía a casa, los policías si notaban mi ausencia... Pero era muy difícil renunciar, me quedé y seguimos charlando hasta altas horas de la madrugada.


Por la mañana me despertó con un beso. Traía una bandeja en sus manos. Había bajado a la calle a por churros y chocolate, se sentó en el borde de la cama y desayunamos juntos. Al despedirnos la estreché con la mayor ternura entre mis brazos, con el corazón en la garganta, sabiendo que no la iba a ver nunca más.


Al llegar a casa encontré a mi hermano disgustado por no haberles avisado de que iba a pasar la noche fuera. Mi cuñada, Lola, que había tomado mi chaqueta para cepillarla, sacó de uno de los bolsillos un papel liado como un cigarrillo y me preguntó: "¿Qué tienes aquí, Fernando?".


Un majestuoso ramo de flores
Tomé el papel, en el que venía enrollado el billete que le dio mi amigo y una pequeña nota que decía: "Para que vuelvas esta noche". Al leer aquellas palabras, que me parecía oírlas de su propia voz, volvió a mí la fuerza de la sangre y, estremecido por el deseo, me eché a la calle sin quedarme a comer, aun sabiendo que el local no lo abrirían hasta las ocho o nueve de la noche. Estaba exaltado, nervioso, deseando vivir un nuevo encuentro.


Pero mientras paseaba esperando una hora prudencial para ir al cabaret, me asaltó un pensamiento molesto, que fue tomando cuerpo y que me llenó de confusión y contrariedad: la idea de que iba a romper el encanto de mi primera noche con Isabel. Que al volver y "comprar su cuerpo" con aquel dinero, que además era suyo, sería como tomar conciencia de que era una prostituta y que yo la iba a prostituir aún más, como un cliente cualquiera, y a ensuciar y hacer trizas un hermoso recuerdo que quería y debía conservar con toda su pureza y su ternura.


Pero otra vez me abrasaba el deseo y mi imaginación se encendía recordando la noche que pasamos juntos. Y cuando estaba dudando con esos pensamientos enfrentados pasé por delante de una floristería y casi sin pensarlo, con un impulso instintivo, entré y le dije a la vendedora: "Póngame quinientas pesetas de flores".


La mujer me miró sorprendida: "¿Quinientas pesetas?".


-Sí, sí, quinientas pesetas, escójame las mejores flores.


Empezamos a elegir y formamos un ramo majestuoso, donde se mezclaban las orquídeas con las magnolias y las rosas.


Me parecía inadecuado, ridículo sobre todo, llevárselo al cabaret donde ella trabajaba y ofrecérselo en aquel ambiente. Tomé un taxi, me dirigí al hotel donde pasamos la noche, en la calle Echegaray, y dejé en la recepción el ramo de flores y una sencilla nota que decía: "Para Isabel, mi primer amor".


Decidme cómo es un árbol
Umbriel-Tabla Rasa
Marcos Ana ha reflejado en este libro los recuerdos de su vida. La niñez en su pueblo natal, el compromiso político, la guerra, la estancia en los penales franquistas por los que pasó, los viajes durante su largo exilio hasta el regreso a España. En estas páginas se recoge su salida de la cárcel y su primera experiencia amorosa, a los 41 años. También se ofrece el prólogo de José Saramago.


Marcos Ana

Fernando Macarro Castillo (éste es el verdadero nombre del poeta) nació en Alconada (Salamanca) en 1920, pero eligió los nombres de sus progenitores, un matrimonio humilde de jornaleros del campo, para firmar sus libros. Desde la adolescencia, en plena Guerra Civil, se entregó al ideal comunista, lo que le costó pasar toda su juventud en las cárceles franquistas, hasta que salió, en 1961.