- Navidad
- Colpisa, 2007-12-25 # José Javier Esparza
Creo que lo más sensato sería dictar la abolición institucional de
Creo que lo más sensato sería dictar la abolición institucional de
Les está yendo muy bien a José Luis Moreno y a Telecinco con ‘Escenas de matrimonio’, esos breves ‘gags’ de sátira conyugal que primero se emitieron en el ‘Noche de fiesta’ de TVE-1 y ahora, apenas transformados, ocupan por verano el lugar de ‘Cámara café’. Felicitaciones a los afortunados promotores de la idea: la apuesta les ha salido bien. Lo cual no obsta para declarar que ‘Escenas de matrimonio’ es una de las cosas más deplorables que hemos visto en los últimos años. Este espacio coge el tópico recurso del ‘humor conyugal’, lo pasa por la trituradora de Moreno y nos sirve en vaso de cobre una pasta sanguinolenta que se diferencia poco del veneno. Lo primero que choca en ‘Escenas de matrimonio’ es que todo es inverosímil. Estas parejas de Moreno son algo inconcebible. Entre los cónyuges sólo hay malos sentimientos; jamás una palabra amable o un gesto tierno; de amor, ya ni hablemos. Pero, entonces, ¿por qué están juntos? Si se odian tanto, si son incapaces de mirarse sin rencor, o desprecio, u odio o indiferencia, ¿por qué no hacen las maletas y se van cada uno por su lado? Esas situaciones son rigurosamente incomprensibles en
Luego está, por supuesto, la imagen que estos gags dan del matrimonio: un pozo de miseria y maldad, donde es imposible que surja cualquier sentimiento positivo, cualquier luz que alumbre la existencia; una forma de vida dominada por el sufrimiento, la agresión, la violencia (de momento, sólo psicológica, pero todo se andará). Mensaje implícito: sólo se casan los estúpidos o los malvados, únicos especimenes que pueden sobrevivir en un ambiente tan profundamente viciado. Si aplicáramos los parámetros de juicio que dispensa el ‘lobby gay’, cabría hablar abiertamente de ‘heterofobia’: ‘Escenas de matrimonio’ es un relato destinado a mostrar que el matrimonio tradicional es una abominación intolerable, propia de gente degenerada y torva, una forma inferior de estar en el mundo. Viniendo el producto de donde viene, es difícil pensar que este mensaje es casual, no deliberado. Más bien parece que el objetivo de ‘Escenas de matrimonio’ es expresamente ese: denunciar el matrimonio como ejemplo supremo de lo peor. Y a los hijos, enseñarles lo despreciables que pueden ser sus padres. Qué bonito, ¿verdad?
Un juez de Murcia, Fernando Ferrín, “bestia negra” de los políticamente correctos, ha vuelto a levantar ampollas con un auto sobre un caso de divorcio en el que concede la patria potestad de los hijos al padre, en razón de la condición lésbica de la madre. La ofensiva del lobby gay ha llevado a que el Consejo General del Poder Judicial sancione al juez por las “expresiones improcedentes” que éste emplea en su auto. Sin embargo, el CGPJ no discute la decisión de Ferrín: la patria potestad, para el padre. O sea que Ferrín se ha pasado diez pueblos, pero tenía razón. Elementos para la polémica.
Moviola: un hombre llega a su casa y encuentra a su mujer en brazos de otra. Denuncia. Divorcio. Se plantea quién se queda con las (dos) hijas. El juez evalúa que la madre es lesbiana y sentencia: elige, o tus hijas o tu pareja. La patria potestad recae en el padre. El se queda con las niñas.
No es la primera vez que Fernando Ferrín, juez de primera instancia número 9 de Murcia, la lía. Como otras veces, tampoco ahora la piedra de escándalo ha sido su aplicación de la ley, sino la forma de presentar los razonamientos que le llevan a fallar en un determinado sentido. En este caso, Ferrín se ha permitido un parrafillo en el que, para explicar qué condiciones desaconsejan la entrega de la custodia de los hijos a una persona, menciona la toxicomanía, la pederastia, la prostitución, la pertenencia a una secta satánica y… la homosexualidad, lo cual ha levantado las iras del lobby gay, que ya se la tenía jurada a Ferrín por otras cuestiones. Hay que decir que el juez, en su enumeración, también incluía comportamientos inadecuados en personas heterosexuales, pero esa parte se la han saltado los portavoces del lobby. En todo caso, es verdad que el parrafillo se las trae, porque es inaceptable comparar una “orientación sexual” determinada con unas prácticas claramente delictivas.
El Consejo General del Poder Judicial, en consecuencia, ha aplicado a Ferrín el reglamento, que veta “la utilización en las resoluciones judiciales de expresiones innecesarias o improcedentes, extravagantes o manifiestamente ofensivas o irrespetuosas desde el punto de vista del razonamiento jurídico". El Consejo tiene razón. Ahora bien, el CGPJ no entra en el fondo del asunto, es decir, en la entrega de la patria potestad al padre. Porque, en ese capítulo, la razón la tiene Ferrín.
El fondo de la cuestión
Tal y como el lobby gay ha planteado el asunto, se diría que el gran delito de Ferrín es haber fallado en contra de “uno de los suyos”. Es la circunstancia de haber denegado un derecho a una homosexual lo que le convierte automáticamente en culpable, reaccionario, homófobo, etc. Se va creando así una atmósfera francamente irrespirable, en la que nadie podrá exteriorizar la menor disidencia respecto a nada que remotamente suene a “gay”, so riesgo de verse inmediatamente condenado a los infiernos de la exclusión pública. De momento, el lobby gay ya ha conseguido que el mero hecho de cuestionar sus posiciones resulte arriesgado y, en ciertos ambientes, incluso temerario.
Pero lo verdaderamente lamentable de la polémica es que el debate social de fondo queda sepultado. Aquí hay una cuestión trascendental que resulta bastante fácil enunciar y que se reduce a lo siguiente: ¿Es mejor para un menor vivir en una pareja homosexual o en una pareja heterosexual? La respuesta a esa pregunta no ofrece dudas para nadie que se acerque al asunto con un mínimo rigor. Para un menor se considera mejor vivir con una pareja heterosexual por dos razones muy sólidas y que, además, no tienen nada que ver con la “orientación sexual” de los progenitores.
La primera razón es esta: una pareja heterosexual –un hombre y una mujer- representa plenamente el patrón antropológico de reproducción social. El género humano se compone de hombres y mujeres, que son dos sexos distintos. Una formación psicológica completa requiere que el (o la) menor entienda, vea, viva esa diferencia fundamental. Es obvio que eso sólo se adquiere en el seno de una familia compuesta por un hombre y una mujer.
La segunda razón es esta otra: universalmente se considera que un menor vive mejor en una familia estable que en otra inestable; ahora bien, las posibilidades de inestabilidad son más altas en una pareja homosexual que en otra heterosexual, y sobre eso hay estudios sociológicos y estadísticos a manta; por consiguiente, puesto un juez en la tesitura de optar por un tipo u otro de pareja, considerará que hay más posibilidades de estabilidad afectiva para el menor si vive con una pareja heterosexual.
En ambos casos, la decisión es completamente independiente de con quién le guste acostarse a cada cual: lo que se ventila no es una cuestión de inclinación sexual de los miembros de la pareja, sino la función formativa y de estabilidad emocional que la pareja adquiere desde el momento en que tiene o adopta a un hijo. Porque las cosas son así, el Consejo General del Poder Judicial, que ha sancionado al juez, sin embargo no ha cuestionado su decisión, que es otorgar la patria potestad al padre de las niñas.
Estamos en una sociedad extraordinariamente individualista, donde se ha hecho francamente difícil enfocar los problemas desde un punto de vista que no pase por el ombligo de alguien en concreto. Pero cuando nos las vemos con problemas de carácter social, problemas que nos implican a todos a la vez como comunidad, y que por tanto no pueden reducirse al arbitraje de intereses individuales, es absolutamente imprescindible saltar por encima de ese ombliguismo tan posmoderno. Las normas no pueden estar para satisfacer la afectividad de las partes que litigan; tampoco pueden someterse a la presión de corrientes ideológicas de moda. Las normas han de obedecer a criterios de racionalidad lo más objetivos posible. Y en lo que concierne a este caso, más racional parece la posición de Ferrín que la de sus detractores, por muy desafortunada que haya sido su manera de plantear las cosas.
Habrá bronca con este asunto. La habrá si el anuncio sigue en pantalla, pero también si lo retiran. Yo lo vi en Antena 3, el martes, a las ocho y media de la tarde. Era la publicidad de un producto cosmético; un desodorante, creí entender. Pero la nuez del anuncio no era el producto, sino el discurso: máximo respeto para la homosexualidad, exteriorizada en un beso de dos señoritas. ¿A cuento de qué utilizar eso para un anuncio? Es muy simple: así como la empresa comercial pide «máximo respeto» para la homosexualidad, así su desodorante -nos decían- procura «máximo respeto» a la piel. El anuncio es interesante porque entra de lleno en lo que podríamos llamar publicidad ideológica, un género con gran tradición que aquí, en España, cuenta con notables antecedentes, como aquella sombrerería de los años cuarenta que se publicitaba diciendo: Los rojos no llevan sombrero. Lo de este desodorante es algo más sutil, pero no mucho más. De entrada, nos sumerge en una situación retórica bastante enojosa que podemos resumir así: me piden máximo respeto, pero no lo tienen para conmigo, que estoy viendo la tele en ese "«horario protegido».
¿Y por qué el «respeto» habría de consistir en que respete yo, y no en que me respeten a mí? El otro día leí en un foro de Internet a un señor que estaba muy enfadado conmigo porque yo me había quejado de que en la edición matinal de un programa de zapeo -fue en Telecinco- aparecían escenas de homosexualidad manifiesta. «¿Y qué tiene de malo que los niños lo vean?», decía el indignado ciudadano. La pregunta tiene mucho más interés si le damos la vuelta: «¿Qué tiene de bueno que los niños lo vean?». Esa pregunta nos coloca en la situación de definir qué es bueno y qué no lo es, y aquí entramos en un terreno que nunca ha estado tan sujeto a discusión como en nuestros días. Podemos aceptar la discusión porque eso es mejor (para la convivencia) que no aceptarla, pero lo que se está pidiendo -bajo el imperativo de «máximo respeto»- no es que se acepte la discusión, sino que no se discuta en absoluto. Si yo digo que la «normalización homosexual» me parece mal porque altera el patrón antropológico convencional de reproducción de las sociedades, entonces me llamarán homófobo y reaccionario, y de nada servirá oponer que yo no siento fobia hacia nadie, y que lo que cuestiono no es la homosexualidad (tan «antropológica» como la heterosexualidad), sino su exhibición como modelo de vida. Utilizo la primera persona del singular, pero, evidentemente, no me refiero (sólo) a mí, sino a una porción de la sociedad que sería temerario calificar de minoritaria. Esta porción, ¿no merece «máximo respeto»? ¿Se nos condenará a no usar desodorante?