2007/07/29

> Iritzia: Rafael Sánchez Ferlosio > EDUCAR E INSTRUIR

  • Educar e instruir
  • Escritor, narrador y ensayista, Rafael Sánchez Ferlosio, hijo del escritor Rafael Sánchez Mazas, tiene 79 años. La obra que le dio a conocer va unida a un río que discurre por el Corredor del Henares, 'El Jarama' (premio Nadal 1955 y premio de la Crítica 1956). En 2004 fue reconocido con el Premio Cervantes. Su última obra publicada es 'El geco' (2005).
  • El País, 2007-07-29 # Rafael Sánchez Ferlosio

Y a al solo título del artículo de Fernando Savater, ¿Ciudadanos o feligreses? (EL PAÍS, 4 de julio de 2007), puede reprochársele un principio de confusión. Yo no veo ahí ningún aut/aut, porque no hallo diferencia formal entre "ser buen cristiano" y "ser buen ciudadano"; aun más, ¿acaso no ha ejercido nunca la parroquia funciones de división administrativa para asuntos civiles? No sólo no hay diferencias de forma, sino que incluso pueden encontrarse muchas coincidencias de contenido.


En alguna otra ocasión he deplorado la falta de confianza de Fernando Savater en "los contenidos" del conocimiento, en la medida en que, con respecto a la enseñanza pública, no se conforma con "la instrucción", sino que encarece, casi como más importante, "la educación". En ésta incluye hasta lo que llaman "espíritu crítico"; pero no sólo ocurre que el dicho espíritu crítico no puede ser materia de enseñanza, ni menos todavía de educación, sino que, por añadidura (aunque por mi parte preferiría para él otro nombre menos activo, más receptivo), es algo que sólo puede surgir precisamente de los contenidos: la extrañeza crítica sólo puede suscitarla la atrición entre dos términos del contenido; por ejemplo, la que tan desoladoramente hizo empecinarse y estrellarse a San Anselmo de Canterbury, o sea, la que le chirriaba en el oído al violentar la compatibilidad entre "infinitamente justo" e "infinitamente misericordioso" como atributos simultáneos de la Divinidad ("Proslógion").


El llamado "espíritu crítico" guarda tal vez un notable parentesco con lo que los helenos llamaba "asébeia" (± impiedad), y presumo que chocaba, al menos mediatamente, con la "paideia". Ahora bien, esta segunda, más familiar a nuestra comprensión, mantiene, a su vez, una poderosa analogía con lo que ha dado en llamarse "educación para la ciudadanía". Yo no sé cómo se las arregla Fernando Savater para conservar la paz en las entrañas de su entendimiento, con su ya acrisolado empeño en conciliar la 'educación para la ciudadanía' (ojo: no le atribuyo el invento oficial de la expresión completa) con su gran conocimiento y su notoria devoción por las doctrinas y los autores de la Ilustración. Me lo pregunto porque, al menos a mi juicio, la "ilustración" -toda ilustra-ción- es justamente crítica de la cultura vigente, es contra-cultura, y, a fin de cuentas, "asébeia".


Pero la afirmación más gratuita -y quiero creer que menos meditada- de la savaterina defensa de la educación está en su obra El valor de educar, página 47: "Esta contraposición educación versus instrucción resulta hoy ya notablemente obsoleta y engañosa". Tomando la frase en serio habría que preguntarle si esa obsolescencia es un dato de hecho, como, por ejemplo, si es que hace tiempo que nadie se interesa por semejante distinción, o un dato de derecho, como que las más modernas doctrinas pedagógicas afirman positivamente que la dualidad entre las dos cosas debe desecharse por ser científicamente falaz y, por lo tanto, perjudicial. Pero ¿cómo se reintegra la engañosa disyuntiva? Por mi parte, si me pongo a imaginar una instrucción que sea al mismo tiempo educativa, se me ocurren fórmulas un tanto monstruosas: a la demanda de una "zoología educativa", por ejemplo, se ajustaría una clasificación del reino animal que partiera de una división entre "animales dañinos" y "animales benéficos", o bien, si se prefiere, entre "animales comestibles" y "animales incomestibles".


El saber por el saber

No y no. Los conocimientos que proporciona la instrucción, exentos de toda clase de orientaciones prácticas y juicios de valor, aparte de ser, precisamente, el resultado de unas ciencias que durante siglos se han esforzado por purificarse de toda la morralla de fines e intereses que las condicionaba -como la alquimia pudo trocarse en química cuando se liberó del designio de conseguir el oro, o la astrología se hizo astronomía cuando renunció a predecir el porvenir-, pueden ni deben, de ninguna manera, dejarse dirigir por ninguna finalidad educativa. A la postre resulta que es justamente el rostro absolutamente inexpresivo -sine ira et studio- del saber por el saber el que hace nacer en el sujeto, de su propia mente, la opinión y la conducta que la educación, a la manera de una trofalaxia, querría meterle en la boca ya masticadas y bien ensalivadas.


En el libro Educación para la ciudadanía (Ediciones Akal, SA. Madrid, 2007), de Carlos Fernández Liria, Pedro Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, se empieza representando -a partir de una anécdota del rey persa Ciro- el espacio de la ciudadanía como "lugar vacío" o "lugar de cualquier otro", y por la índole de ese lugar caracterizan la propia condición de "ciudadano". Por lo que entiendo, se quiere definir al ciudadano en cuanto tal como el hombre vaciado de toda particularidad. Después, como si tácticamente traspusieran su lugar de cualquier otro al aula de matemáticas, hacen que el vaciamiento de particularidades, la impersonalidad del profesor y los alumnos, privilegie la propia validez del Teorema de Pitágoras como validez para cualquier otro: ateniense, espartano, persa o incluso marciano, si lo hubiera. La idea, aunque torpe y morosamente expuesta (y aun peor resumida por mí), es aceptable. Y, dicho sea de paso, mal podrían, ciertamente, los clérigos y obispos mantener frente a ella la más vaga y remota acusación de "relativismo". Lo que yo echo de menos, sin embargo, es que los autores se hayan dejado escapar una ocasión de oro para señalar y encarecer la radical impersonalidad de los conocimientos, y, en consecuencia, la impersonalidad del lugar público en el que se imparten, la impersonalidad de la que deben sentirse revestidos los alumnos y de la relación del profesor respecto de ellos. Este que podría designarse como "principio de impersonalidad" alteraría notablemente -en caso de aplicarse- la configuración actual de la enseñanza (estoy pensando, por supuesto, tan sólo en el aspecto de instrucción -que es el que el pasaje del libro saca a colación-, no en el de educación). Empezaría por poner en entredicho el eslogan de "tratamiento personalizado" con que algunos colegios caros encarecen sus ventajas; en plena conformidad con el pasaje del libro comentado, no es, evidentemente, el Teorema de Pitágoras el que debe adaptarse a las condiciones personales del alumno, sino éste el que debe adaptarse a la esencial impersonalidad de ese teorema. Finalmente, nuestro principio de impersonalidad pondría coto a otra más peliaguda y escabrosa cuestión: la de la perturbadora intromisión de los papás y las mamás en las tareas de la enseñanza. El famoso "derecho" de semejantes figuras de elegir para sus hijos la enseñanza que deseen lo ejercen contratando el colegio que prefieran, pero aquí debería acabarse todo. Los padres tienen con el hijo una relación privada y personal; va contra la naturaleza pública de la enseñanza, donde debe primar en solitario la impersonalidad, el que, violando las puertas contractuales, se monten a cuchos sobre el niño, como un jinete en un caballo de carreras, y se hagan conducir por aulas y pasillos, para que lo particular no deje de controlar y sofocar un solo instante lo que sólo respira plenamente en la anónima atmósfera de los universales.


La importancia de las formas

He leído que ahora andan queriendo restablecer el tratamiento de usted en las relaciones de enseñanza. No sé si tendrá éxito, en el sentido de que logre difundirse o en el de que sea eficaz para lo que pretende. De todos modos debería ser recíproco, o sea, también del profesor al niño; los jesuitas, con los que yo estudié hace ya casi 70 años, jamás nos tutearon. Nótese que el usted lleva los verbos en tercera persona, como si los interlocutores estuviesen ausentes entre sí; la presencia física es neutralizada y abstraída, o, por usar la expresión del texto comentado, el oyente presente es "cualquier otro". La difusión será difícil entre los ya acostumbrados al tuteo; se pueden esperar las bromas más groseras y menos ingeniosas, pero no creo que sea así entre los escolares primerizos. No debería despreciarse la importancia de las formas, ni aun de las más superficiales y protocolarias; que el centro de enseñanza se distinga como "el lugar donde se da de usted" ya puede suscitar tácitamente en la conciencia el sentimiento de que se ha atravesado una frontera y se ha salido a un espacio "extraterritorial". El factor de la distancia, que aportaría el uso del usted, es un factor perfectamente idóneo para completar la impersonalidad.


Veo que la actual orientación, por una y otra parte, de la controversia sobre la educación llega al extremo de incitarle a uno a preguntarse si hay alguien que realmente se pregunte qué es lo que educa. No hace mucho ha habido un ministro del gobierno actual -y no de Educación, sino de Sanidad- que ha señalado certeramente con el dedo una de las cosas que hoy han tomado una parte no poco relevante en la educación de la primera juventud: el alcohol. Bien es verdad que doña Elena Salgado -que tal era el nombre del ministro- no advertía del caso por la educación, sino por la salud. Con todo, no faltó quien considerase la denuncia -especialmente por lo que se refiere al vino- como un ultraje a la cultura española, europea y hasta occidental. El consumo de alcohol, como mediador o excipiente de las relaciones entre coetáneos, tiene sin duda una influencia sobre las formas de conducta, y, por lo tanto, las marca, efectivamente, con un determinado signo cultural. Ciertamente, este mediterráneo estaba ya muy descubierto, y no hacía falta llegar al botellón para reconocer en el alcohol un poderoso pedagogo cultural.


Pero lo que este señalamiento nos recuerda es el carácter predominantemente gregario de la educación: el grupo es el que educa, a través de la necesidad de "formar parte", que arrastra con fuerza irresistible a la imitación y la comparación. ¿Qué va a hacer el profesor contra la fuerza educativa de las actuales formas de ocio y diversión, contra la constricción del grupo, dotado de un poder de convicción y de una autoridad incomparable? ¿Va a decir: "Bebe, si quieres, pero bebe de manera responsable"? ¡Delirante, hilarante!


Las democracias de hoy muestran enormes resistencias frente a la sola idea de "prohibir". Con todo, prohibir me parece un punto más democrático que "impedir": el que impide pone un obstáculo en las cosas, el que prohíbe apela a la persona, aunque sea bajo amenaza de castigo. Diré que, por mi parte, no tengo prejuicio alguno contra las prohibiciones; si tuviese un cargo, no tendría reparos en prohibir, salvo el conocimiento de su inutilidad. Me refiero a la inutilidad que consiste en una desobediencia total y generalizada. La inutilidad o imposibilidad de prohibir es uno de los efectos más desastrosos de la democracia como partitocracia selectiva. La renuencia o más bien denodada resistencia ante la sola idea de prohibir no es, a primera vista, sino miedo electoral; el poder ejecutivo se siente amenazado de antemano por "colectivos" -como dicen- demasiado numerosos y gregarios -el de los estudiantes, sin ir más lejos-, capaces de organizarle una zalagarda callejera que afecte a sus expectativas electorales. Sin embargo, ante "costumbres", como son las formas de ocio y diversión, que el enorme incremento del gregarismo y la intercomunicabilidad han unificado hoy en un modelo internacional, la inutilidad de toda posible prohibición gubernativa -con zalagardas o sin zalagardas- disipa cualquier acusación de cobardía electoral a los que se sometan al actualmente ineluctable imperativo -por no decir tiranía- de la tolerancia. Las costumbres de ocio y de relación social de los grupos de edad por los que se interesa la enseñanza oficial no sólo han multiplicado por cien su poder cultural y educativo, sino que, por la homogeneización internacional, han adquirido, en relación con los poderes públicos, una hegemonía hasta hoy desconocida. Siempre ha sido el grupo el que educa, sólo que en otros tiempos era menos fuerte que todo el resto de la sociedad. Esto, naturalmente, es sólo resultado, apariencia inmediata ante los ojos de la opinión; cualquier aumento de fuerza, y, entre ellos, de manera especialmente acentuada, el del grupo de edad que nos ocupa, procede hoy del imponente poder determinante del mercado, cómplice incondicional de la incondicionada avidez de infancia y juventud.


Las pautas de la publicidad

Al mercado pertenece, por lo demás, el que es hoy prácticamente único y supremo educador: la publicidad en general y especialmente la de la televisión. En todos los grupos de edad es la publicidad la que gobierna las pautas y determina los criterios de la comparación social. Esta comparación -hoy elevada al grado de obsesión- es la que dicta la aceptación, la integración y hasta el prestigio social del individuo. Respecto de los niños, ya comenté en su día el consultorio de un Suplemento de salud del Abc del 9 de julio de 2000, que lo expresaba certeramente a propósito de las marcas de zapatos: "Ser propietarios de marcas determinadas -decía el consultor- representa un código de integración". El imponente poder pedagógico de la publicidad tiene ya derrotado de antemano cualquier otro intento educativo. Estoy contando una historia archisabida y mil veces contada en tonos diferentes, una evidencia palmaria a cada instante como la luz del día. Mas, sin que nadie niegue esa evidencia, hay dos maneras de eludirla defensivamente: la primera es decir, con sincera o forzada convicción: "¿Y qué hay de malo en ello?"; la segunda es la que tan penetrantemente apunta Sigmund Freud (y que yo designaría como "apología consolatoria de los hechos tozudos") con estas palabras: "Si uno está destinado a la muerte preferirá estar sometido a una ley natural ineluctable, la sublime 'Anánke', y no a una contingencia que tal vez habría podido evitarse".


El mercado es ya naturaleza del mismo orden de necesidad que el hambre misma. La publicidad, que hoy ya le es absolutamente imprescindible, se defiende con el que es uno de los máximos tabús de prohibición de la llamada democracia: el tabú de la censura. La censura es totalitaria. La democracia vive de la ilusión de libertad que le produce la execración del totalitarismo. Al mercado le conviene la democracia; no sabemos si será verdad lo inverso: el que a la democracia le convenga igualmente el mercado. El mercado permite muchas cosas y regala otras muchas, pero también exige, obliga y hace renunciar a algunas; esto lo suelen resolver y pacificar diciendo que las segundas son "el tributo" que hay que pagar por las primeras. Uno de esos tributos es, precisamente, el de tener que renunciar a toda posible "educación para la ciudadanía" que no sea la suya; quiero decir la de la publicidad.


Cuántas veces, frente a ciertos, no deseados, fenómenos sociales, como este de la actual manera de relacionarse y divertirse los muchachos, se oye decir: "Esto se arreglaría con un buen sistema educativo"; los que así se pronuncian no se dan cuenta de que aquello que querrían arreglar con la Educación -la oficial, se sobrentiende- forma precisamente parte de las condiciones de posibilidad indispensables para que esa educación que echan de menos pueda impartirse.

> Iritzia: Javier Morán > PEDOFILIA

  • Pedofilia
  • La Nueva España, 2007-07-29 # Javier Morán

El cardenal Cañizares declaró días atrás en La Granda que «el grupo social en el que menos pederastia hay es en el de sacerdotes». No conocemos estudios comparativos sobre el particular en España, pero sí le dan la razón al primado Cañizares los elaborados en EE UU, donde miles de casos de pedofilia en el seno católico salieron a la luz en 2001.


El asunto sigue rodando. Acaba de saberse que la archidiócesis de Los Ángeles venderá edificios, desinvertirá sus fondos y pedirá préstamos para abonar, tras acuerdos, 660 millones de dólares a víctimas de abusos, la mayor cifra del rosario de indemnizaciones que ya han hecho quebrar varias diócesis, como Tucson, Portland, Davenport y San Diego. Por lo que respecta a España, el Tribunal Supremo confirmó recientemente que el arzobispado de Madrid era responsable civil subsidiario de lo acaecido con un cura pederasta de Aluche.


Evidentemente, los casos españoles son pocos -lo cual no los hace comprensibles, ni mucho menos-, pero se echa en falta un firme protocolo de actuación de los obispos cuando éstos surgen, procedimiento que evitaría ciertas acusaciones de encubrimiento.


Pero vayamos al cataclismo americano, que, por sus dimensiones, ha sido el más estudiado y arroja luz sobre algunos aspectos de estos lamentables sucesos. El jesuita Thomas Reese, ex director de la revista «American Magazine», ha analizado los «hechos, mitos y cuestiones» de lo sucedido. Frente a quienes, dentro de la Iglesia, intentaron minimizarlos, Reese señala que 4.392 sacerdotes -el cuatro por ciento de todo el clero que pastoreó entre 1950 y 2002 en EE UU- han recibido acusaciones al respecto. El tres por ciento de los casos consistió en tocamientos sobre las ropas de la víctima; el 57 por ciento, bajo ellas; el 27 por ciento, en sexo oral, y el 25 por ciento, en penetración o intento. La tercera parte de las acusaciones recayó sobre 149 sacerdotes que abusaron de 2.960 víctimas. Este dato revela precisamente la impunidad continuada y, tal vez, el poco celo de los obispos, varios de los cuales, incluidos cardenales, fueron apartados de su ministerio desde 2001.


Hay miles de datos más -por ejemplo, que hubo 10.667 casos de abuso registrados, y que la mitad de las víctimas contaban de 11 a 14 años, pero Reese intenta dilucidar las causas. ¿Efectos del celibato? Poco cierto, pues el 96 por ciento de los sacerdotes no se ha visto involucrado.


¿Secuela de la disipación de la Iglesia y de los seminarios tras el Concilio Vaticano II (1963-65) -tesis de George Weigel, influyente analista católico-? No parece: el 70 por ciento de los acusados fue ordenado antes de 1970.


¿Consecuencia de la homosexualidad? Reese se tienta la ropa. Las estimaciones sobre el número de sacerdotes gays en EE UU varían del 10 al 60 por ciento. Si la cifra fuera elevada, significaría que la mayoría de ellos no se vieron involucrados. Sin embargo, el 80 por ciento de las víctimas eran varones, circunstancia que la Liga Católica Estadounidense -asociación de estricta observancia- considera determinante. Es esta misma entidad la que advierte que el cinco por ciento de los profesores americanos y el 15 por ciento de los alumnos se ven envueltos en sucesos de abuso sexual. Entrenadores deportivos, docentes sustitutos y presbíteros de otras iglesias superan el cuatro por ciento de abusadores católicos, asegura la Liga.


Un
solo caso de pedofilia en el clero es en sí mismo una monstruosidad, pero éstos son los datos.

> Erreportajea: Lesbofobia > EN MURCIA, FAMILIAS COMO DIOS MANDA

  • En Murcia, familias como Dios manda
  • El Mundo, 2007-07-29 # D. Canellada · J. Escribano

Una familia como Dios manda, con un padre y una madre unidos en matrimonio, preferiblemente con muchos vástagos y todos con nombres del santoral cristiano. Eso es lo que gusta en Murcia. El último auto de Fernando Ferrín Calamita, juez titular del Juzgado de Familia número 9 de la capital, en el que niega la custodia de dos niñas a una madre por ser lesbiana viene a corroborarlo. Pero ni este auto ni este juez son los únicos escollos que encuentran en Murcia las familias que no se ajustan al modelo más tradicional. El divorcio tampoco parece bien visto e inscribir a un hijo en el registro civil puede ser una odisea si se trata de poner nombres extranjeros o la madre está separada.


Ahí están, por ejemplo, Patricia D. e Iván P., dos vecinos de la pedanía de El Palmar que tuvieron serias dificultades para inscribir a su hijo recién nacido -e ingresado en una unidad de cuidados intensivos en el momento del trámite- porque ella estaba divorciada de su anterior marido y aún no casada con Iván. A Antonio Martín Ferradal, el juez responsable del registro civil murciano, no le bastaba con el reconocimiento de paternidad de la nueva pareja de Patricia. Sólo después de un exhorto en el que su ex marido negaba ser padre del crío y de una queja ante el Tribunal Superior de Justicia de Murcia (TSJM) el pequeño Adrián quedó registrado, semanas después de su nacimiento. Curiosamente, Patricia e Iván ya habían tenido un hijo antes al que habían inscrito, sin ningún problema, en el registro de Alicante.


Ferradal acumula un buen número de quejas, aunque ninguna tan sonada como la que a su colega Calamita le puede acarrear una importante sanción. El Consejo General del Poder Judicial le ha abierto esta semana expediente por falta grave por el polémico auto, dictado el pasado 6 de junio. Si, finalmente, se determina que incurrió en falta grave, Ferrín Calamita podría ser castigado con una multa de 3.000 euros. Si en el curso de las investigaciones se detecta la comisión de alguna otra falta muy grave, se le podría retirar de la carrera judicial. «Es el ambiente homosexual el que perjudica a los menores y que aumenta sensiblemente el riesgo de que éstos también lo sean», afirma, entre otras cosas, Ferrín Calamita en el escrito, relativo a un caso de divorcio.


No es la primera vez que Calamita choca con una pareja homosexual. El juez lleva casi un año dilatando el proceso para que una mujer adopte a la hija de su pareja lesbiana. El abogado de estas mujeres, José Luis Mazón -conocido por haber denunciado al PSOE por incumplimiento del programa electoral o a José María Aznar por aceptar una medalla del Congreso de EEUU- ha presentado esta semana un escrito de recusación contra el juez por prejuicios contra los homosexuales y ha solicitado su jubilación anticipada.


Ferrín Calamita, de 49 años y padre de siete hijos, es, además, conocido entre los abogados murcianos por «presionar con insistencia», en palabras de un letrado, a los cónyuges que se quieren separar para que no lo hagan y, por incluir en la sentencia, si finalmente no logra disuadir a la pareja, la coletilla de que la separación «es efectiva ante la Ley, pero no ante los ojos de Dios». En 1986, estando en su primer destino, en Chiclana de la Frontera (Cádiz) hizo detener a dos chicas por tomar el sol en top-less.


Responsable de uno de los dos juzgados de familia de Murcia, en 2006 pasaron por su despacho 1.350 casos. Según la memoria del TSJM del año pasado, el de Calamita, que actualmente se encuentra de baja, es uno de los juzgados murcianos con menos causas pendientes.


Igualmente discutido, Martín Ferradal, de 64 años, también se lo pone difícil a las familias que se salen un poco de cierto guión. No son ya sólo los divorciados como Patricia D. El juez del registro, movido acaso por un exceso de celo, no llega a imponer los nombres de los niños, pero en algunos casos obliga a los padres a toda una gincana burocrática si el nombre no está en el santoral.


Bien lo saben los inmigrantes (un 12,3% de la población murciana). Aunque los nombres comunes árabes empiezan a ser aceptados, muchos musulmanes han tenido que registrar a sus hijos tirando de tradición cristiana. Ante las continuas quejas de extranjeros, el juez llegó a asegurar al periódico La opinión de Murcia que él conoce «exclusivamente» las leyes españolas y son las que aplica.


El senegalés Sidati Sow sólo logró inscribir a su hijo como Alpha Ibraim -el nombre de su padre- tras dos visitas al consulado de su país en las que recabó documentos que acreditaban que ambos nombres son comunes en Senegal y no resultan ridículos. Otros, como la ecuatoriana Rosi Vaneasa, que quería llamar a su crío Mike o John, acabó optando por David ante las dificultades.


También se las ha visto con excentricidades como la del hombre que quería llamar a su hijo «g». Ferradal, lógicamente, no lo permitió. Pero tampoco permitió Julieta. Los padres acudieron a las raíces latinas del nombre -significa hija de Julio- y encontraron ermitas consagradas a Santa Julieta en España y en Italia, pero el juez dijo que era un diminutivo y se inscribió a la pequeña como Julia. Curiosamente, dos semanas después, el registro civil de Murcia admitió la inscripción de una Julieta.

> Berria: Politika > JAPON: KANAKO OTSUJI NO CONSIGUE ESCAÑO EN LA CAMARA ALTA

  • Lesbiana pierde en intento escaño Cámara Alta Japón
  • Reuters, 2007-07-29

La primera candidata abiertamente lesbiana en la política de Japón perdió cuando ya era lunes en ese país en su intento por un escaño en la Cámara Alta, pero prometió continuar luchando por los derechos de las minorías.


Kanako Otsuji, de 32 años y apoyada por el opositor Partido Democrático, dijo que esperaba que su campaña ayude a crear conciencia de los derechos de los homosexuales en una sociedad donde muchos no lo reconocen públicamente.


"Espero continuar hasta que vea el día en que miremos hacia atrás y digamos 'Este es un día histórico en la historia de las minorías sexuales,"' dijo Otsuji a sus partidarios. "Recordaremos este día porque fue uno en el que nos fortalecimos," agregó.


Otsuji pareció contener las lágrimas en su cuartel de campaña ubicado en el corazón de la comunidad gay de Tokio.


Sus partidarios lloraban mientras ella los saludaba tras esperar hasta la madrugada del lunes por los resultados finales.


Otsuji, quien fue legisladora local en la occidental ciudad de Osaka por cuatro años hasta abril, ha dicho que su decisión de convertirse en política fue inspirada por el dolor y aislamiento de los cinco años que le tomó aceptar que era lesbiana.


La candidata reveló su orientación sexual en el 2005 y acaparó en junio la atención de Japón cuando contrajo matrimonio con su pareja Maki Kimura en una ceremonia no reconocida legalmente a la que asistieron amigos, familiares y muchos medios japoneses.


Otsuji prometió a promover una sociedad más diversa y buscar la aprobación de leyes que prohíban la discriminación, incluida la de las minorías sexuales.

> Iritzia: Paco Rosado > EDUCAR PARA EL ODIO

  • Educar para el odio
  • Diario de Cádiz, 2007-07-29 # Paco Rosado

Imagino que "su señoría" (qué ironía tener que llamar de esa manera a una cosa así), ya que duerme con La Biblia debajo de un sobaco y las obras completas de san Josemaría en el otro, le dará las gracias cada noche a sus dioses por permitirle vivir en una sociedad como ésta sin que le hayan dado dos o tres patás en la boca cada vez que emite sus opiniones o que no lo hayan quemado vivo; que es lo que siempre ha hecho la gente que piensa como él.


Yo no creo que se quede satisfecho con sólo quitar la custodia de sus hijos a una madre lesbiana. Estoy convencido de que a él le gustaría llegar más allá; a las raíces. Porque si una madre lesbiana puede engendrar hijas lesbianas, una coja engendrará cojas, una diabética, diabéticas y una ciega engendrará ciegas; así que él, como reparador divino y nuevo purificador de la especie humana, lo que le gustaría es cercenar, desde la cuna, todo lo que oliera a impureza y de esa forma terminar la obra inacabada de Hitler, tan amigo de Pío XII y de Franco.


Uno cae en el error de decir que qué triste que, en el siglo XXI, todavía haya gente así; pero lo verdaderamente triste es que dentro de un siglo la seguirá habiendo si no empezamos a poner ya el remedio; porque toda esa calaña está fustigada por un sector reaccionario de la Iglesia. Ese sector que sólo ve crímenes cuando el gobierno es de izquierdas y, sin embargo, sus crímenes de pederastia y homofobia estamos obligados a perdonárselos porque ellos quieren calificarlos de accidentes. Es ese sector reaccionario y de espaldas a los verdaderos cristianos, que no quieren que a los niños se les eduque para la ciudadanía porque eso supone mirar a lesbianas y homosexuales como lo que son: personas; sin que les tengamos que juzgar por quiénes se meten en sus camas.


Por eso es imprescindible que separemos de una vez Iglesia de Estado y que el Gobierno no permita que a los niños los eduquen para odiar. Ya con un Jiménez Losantos que nos enseña eso cada día y con los curas que de vez en cuando intentan despertar nuestros más peligrosos diablos, tenemos bastante.