2007/06/13

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  • La falange tumoral polaca
  • «Se esperaba que su ingreso en la UE hiciera evolucionar los valores y actitudes de la sociedad, a la par que incrementaría la confianza de la población en el sistema democrático y en las instituciones públicas. En lugar de consolidarse éstas, los polacos asisten, y asienten (esperemos que no todos), al espectáculo de sus políticos extremistas y al enfrentamiento estéril, aunque no por ello menos perjudicial, con una Unión de cuyos valores reniegan aunque no lo expresen directamente».
  • El Diario Vasco, 2007-06-13 # Daniel Reboredo · Historiador

Tras la caída del Muro de Berlín, el desfonde de los regímenes comunistas y la desmoralización del socialismo, la arrogancia, la altanería y la insolencia de un nuevo evangelio se extiende por todo el mundo occidental con una refulgente intensidad que lo consagra como dogmatismo moderno monopolizador de ideas y conciencias.


No es otro que lo que denominamos pensamiento único, el conjunto de intereses del capital internacional que procede de los acuerdos de Breton Woods (1944). En el mundo del pensamiento único en el que vivimos, sólo el proyecto de la UE despierta, con todas las prevenciones posibles, un cierto interés y esperanza ciudadana. En esta iniciativa hay muchas carencias internas que es necesario solucionar y que se ven incrementadas por los innumerables problemas generados por los países que se sumaron recientemente al proyecto, entre los que brilla con luz propia Polonia.


El país de las mil invasiones, el de la trágica historia, el comodín de los juegos de poder del Este y del Oeste europeo, el de la ironía geográfica, la nación centroeuropea que no del Este, la reprimida y deformada durante siglos, la masacrada por el nazismo y más tarde por el comunismo, se ha convertido, después de su ingreso en la UE, el 1 de mayo de 2004, en pronorteamericana convencida, antieuropea, nacionalista a ultranza, manipuladora y modificadora de la Historia (hoy tenemos muchos más ejemplos, no pocos en España), cazadora de brujas para aplicar una supuesta revancha política, germen del retroceso social y cuestionamiento de los derechos humanos y paradigma integrista que da miedo.


Desde los gobiernos de Tadeusz Mazowiecki, Jan Krzysztof Bielecki, Jan Olszewski, Hanna Suchova, Waldemar Pawlak, Jósef Oleksy, Wlodzimierz Cimoszewicz, Marek Nelka, Jerzy Buzek y Leszek Miller hasta la victoria del partido Ley y Justicia de los hermanos Kaczynski (defensor del Tratado de Niza y alejado de la idea de una Europa federal), en las elecciones parlamentarias del 25 de septiembre de 2005, la inestabilidad ha caracterizado a Polonia y en consecuencia a la UE.


Inicialmente
era lógico, puesto que el país tuvo que realizar importantes cambios económicos, transformaciones en la propiedad, privatizaciones, naturaleza de los impuestos, reformas asistenciales, reforma territorial, transformaciones en la siderurgia, minería y agricultura o apertura de mercados. Pero después aparecieron los fantasmas políticos que actualmente llenan toda la vida política y que han oscurecido las escasas aportaciones que este país ha hecho al proyecto europeo (inconexas iniciativas hacia sus vecinos orientales -Ucrania y Bielorrusia-, discutible aprovechamiento de los fondos estructurales y de cohesión y, sobre todo, trifulca y discusión permanente de sus políticos sobre el papel que debe desempeñar y el lugar que debe ocupar en la UE).

La UE tiene muchos problemas de salud, todos solucionables. El que le genera Polonia es el de la hipertensión, y las decisiones de los actuales dirigentes del país centroeuropeo tienen mucho que ver con ella. Señalábamos antes los comportamientos que chocan directamente con los valores comunitarios y así lo manifiesta su posición netamente norteamericana y antieuropea. El entusiasmo por instalar sistemas antimisiles, al margen de lo que opine Rusia, al igual que en la República Checa y en Rumanía (tropas convencionales), es un claro ejemplo de ello. George W. Bush convenció a los líderes de dichos países, y de ahí la justificación de Jaroslaw Kaczynski, Mirek Topolanek y Traian Basescu de que la iniciativa estadounidense del escudo antimisiles responde a sus intereses nacionales al defender el Este de Europa de un posible ataque con misiles de Irán. Esto es una falacia, y los rusos así lo han considerado, ya que los planes de EE UU pretenden inclinar el juego de fuerzas en Europa Oriental hacia su lado.


Vladímir Putin considera inaceptable el activo papel que Polonia está desempeñando a favor de EE UU y tampoco olvida el apoyo polaco a la revolución naranja de Ucrania y a sus injerencias en Bielorrusia. De ahí su enfrentamiento con la OTAN (Tratado de Armas Convencionales). No olvidemos tampoco que Polonia apoyó rápidamente la invasión de Irak, chocando con las directrices de la política exterior comunitaria, y se implicó sin reservas en los vuelos secretos de la CIA para trasladar a sospechosos de actividades terroristas (aeropuerto de Szymany).


El proyecto europeo parece desperezarse, después del revés del rechazo francés y holandés al texto constitucional, y la propuesta de Nicolas Sarkozy de crear un grupo de países auténticamente convencidos y decididos a avanzar en la construcción europea (Alemania, España, Francia, Gran Bretaña e Italia) se suma a la disposición de Angela Merkel en este mismo sentido.


La urgencia de desatascar el Tratado Constitucional se tratará en la próxima cumbre del 20 de junio. Contra esta tendencia choca frontalmente la posición polaca. A la identificación con EE UU se suma un antieuropeísmo que se nutre de la fiebre nacionalista que recorre el país y se manifiesta en continuos vetos a propuestas comunitarias, sobre todo en lo que a las negociaciones con Rusia se refiere, que se han convertido en una pesadilla para la UE y se ven agravadas con la conflictiva relación que mantiene con Alemania. Directamente relacionadas con lo anterior están las iniciativas del Gobierno de coalición de los hermanos Lech y Jaroslaw Kaczynski (Ley y Justicia), Roman Giertych (Liga de las Familias Polacas) y Andrzej Lepper (Samoobrona), como la creación del Instituto de la Memoria Nacional, con la misión de expulsar de la Administración pública a cualquier persona que hubiese formado parte del anterior sistema socialista, y la Ley de Lustración, cuya finalidad era investigar el pasado de miles de funcionarios y personalidades de la vida política.


Afortunadamente, esta norma (continuadora de otra de 1997 que afectaba a políticos, jueces y funcionarios del régimen), ha sido en parte invalidada por el Supremo de Polonia, paralizando los planes de hacer declarar a centenares de miles de polacos (hasta 700.000) sobre su presunta relación con los servicios secretos comunistas (profesores universitarios, funcionarios, periodistas, empresarios). En cualquier caso, el revisionismo pretende también eliminar de su historia el recuerdo de los brigadistas que combatieron en defensa de la República española (batallones Mickiewicz, Dombrowski...), suprimir los beneficios concedidos a los veteranos de la II Guerra Mundial y eliminar los nombres de todas las figuras y símbolos comunistas.


De la caza de brujas tampoco se ha librado la politizada Iglesia polaca infiltrada en la época comunista por la siniestra Sluzba Bezpieczenstwa. Iglesia a la que los creacionistas Kaczynski, y todos los que los apoyan, quieren dominar en un juego de lucha de poder personal y poder institucional, y a la que ofrecen sus posiciones antiabortistas, la vuelta de la mujer a su papel de entronizada ama de casa, el rechazo a los homosexuales, las ideas de reinstauración de la pena de muerte y la propuesta de nombrar a Jesucristo rey de Polonia. Todo esto es la Polonia de hoy. Se esperaba que su ingreso en la UE hiciera evolucionar los valores y actitudes de la sociedad, a la par que incrementara la confianza de la población en el sistema democrático y en las instituciones públicas. En lugar de consolidarse éstas, los polacos asisten, y asienten (esperemos que no todos), al espectáculo de sus políticos extremistas y al enfrentamiento estéril, aunque no por ello menos perjudicial, con una Unión de cuyos valores reniegan aunque no lo expresen directamente.


Polonia no se conforma con no aceptar las líneas comunitarias, sino que además quiere que sus propuestas se extiendan a toda la UE. Queremos pensar que esta Polonia no es la de Walesa, Mazowiecki, Geremek o la del recientemente fallecido Ryszard Kapuscinski. Ni Polonia es el objetivo de los escarnios de la Unión, ni mucho menos el chivo expiatorio de sus frustraciones; ni es una apestada en la UE; ni es una consigna europea despreciar los principios y valores cristianos de los que hace gala el país y que no olvidemos forman parte, en su justa medida, de la Europa del siglo XXI; ni se trata de una postura de falsa progresía de los adoquines de Mayo del 68.


La solución de la crisis polaca, junto con la aceleración del proyecto europeo, pasa por la extirpación de raíz de la hipertensión que genera y del proceso tumoral en que se ha convertido ésta. Sin contemplaciones, dudas o vacilaciones, el poso ideológico europeo y los valores que conlleva deben ser asumidos por todos los miembros de la Unión. Si algunos consideran que no les interesa, que sigan su camino histórico en solitario. Pero por otra parte, la mencionada crisis debe servir a la UE y a los europeos para superar la decadencia de nuestra civilización. Decadencia que se manifiesta en nuestras vidas y en nuestros actos. Decadencia de nuestro espíritu, de nuestros valores y del orgullo de nuestra cultura. Decadencia trufada de multiculturalismo, de buenismo, de aceptación sin límites de lo ajeno rechazando lo nuestro, de respeto hacia otras culturas y de destrucción de la propia, de desprecio de lo que somos, de complejos de culpa que no nos corresponde asumir. Ya es hora de que los europeos recuperemos el orgullo de ser los que somos, de no ocultar bajo un manto de falsa modestia y pesares pasados nuestra compleja identidad, de pensar que ninguna cultura ha llegado tan lejos como la europea en filosofía, derecho, política, ciencia, religión, literatura, arquitectura, escultura, pintura... Si la Unión no asume estos preceptos, olvidemos un proyecto vacío.

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